Por primera vez la vi llorar. Sus hermosos ojos repletos de lágrimas me observaban implorantes.
En ese momento surgió en mí una gama de sentimientos inimaginable.
Fue un conjunto de tristeza, compasión, impotencia, gran respeto y humildad, quizá porque no fue sino hasta ese instante en el cual percibí la grandeza verdadera de tan tierna criatura.
Todo lo que hasta ese momento me agobiaba ya no parecía de tanta importancia. En una fracción de segundo mis penas fueron diluidas por sus lágrimas.
Por esa razón le juré darle un mundo diferente al que hasta ahora había conocido.
No le dije nada. No habían palabras que yo considerara con verdadera importancia o sentido. Ya que ella había dicho todo lo que merecía ser dicho.
Aparte de sus sollozos todo estaba en silencio.
Entre miradas tristes y sufrimientos nos conectamos al punto de que nos volvimos compañeros de melancolía.
Por primera vez en largo tiempo me sentí identificado con alguien, no por que ella hubiese vivido situaciones parecidas a las mías, sino porque ella padecía de mi mismo problema. Ambos habíamos perdido el deseo de vivir.
lunes, 2 de agosto de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
profundo, muy profundo
ResponderEliminarEn una fracción de segundo mis penas fueron diluidas por sus lágrimas... me encantó esa parte :)
ResponderEliminar